Ets lliure, Jordi. [Eres libre, Jordi]

[ cuaderno de bitácora, abajo antes llamado diario del solsticio ]







     Apreté su mano, reposada en la cama, creí notar un ligerísimo movimiento y  su respiración se entrecortó buscando un poco más de aire.
Al otro lado de la cama, sentada mirándole a los ojos, estaba mi madre, llorosa, pensativa, callada, mi padre estaba inconsciente, muriendo. 


     Nunca sabré lo que ella pensaba en esos momentos, supongo que recordaba los buenos momentos que pasaron juntos, a veces levantaba la vista y me miraba en silencio, con los ojos cristalinos e intentando esbozar una leve sonrisa, intentando darme fuerzas, pero tenía qué ser al revés y le dí un abrazo, no hubo palabras, sólo cariño.
En ese momento la respiración de mi padre se aceleró entrecortándose de forma brusca, le apretaba las manos intentándo transmitirle fuerza, vida. Mi padre se iba y lo quería evitar de forma desesperada e inútil. El silencio prosiguió, roto de vez en cuando por los tímidos sollozos de mi madre, su mujer.

     Miré por la ventana, la noche era estrellada y clara, el marco de la ventana se convirtió en una pantalla donde reviví en algunos minutos, momentos y sensaciones de la vida con mi padre, cómo si de un álbum de fotos se tratara. Pasaba las páginas y esas imágenes se convertian en mini películas, algunas tan sencillas como notar cuando mi padre me cogía de la mano cuando yo era un niño, o cuando viajábamos toda la família en coche con la roulotte y le miraba conducir desde el asiento de atrás, mientras mi madre y mis hermanas dormían, o cuando ya estábamos en la cama con la luz apagada, venía a pasear unos minutos por la habitación a oscuras, me hacía el dormido pero con los ojos entrecerrados y tapado hasta la nariz veía su silueta hasta que se iba y cerraba la puerta de la habitación. 
Los recuerdos se entrecortaron con varios “beeps” de una de las máquinas conectadas a mi padre, al poco entró una enfermera y miró a mi madre a los ojos, la enfermera hizo un leve gesto de negación con la cabeza y unas lágrimas recorrieron las mejillas de mi madre, mi padre, hizo un último esfuerzo por inspirar, le cogí la mano y apreté con todas mis fuerzas, pero la respiración terminó y apreté su mano aún más, mi madre rompió a llorar, no pude decir palabra, tenía un nudo en la garganta que apenas me permitía llorar, abrazé muy fuerte a mi madre y las únicas palabras que le oí, eran: -mi compañero se ha ido, mi compañero se ha ido, adiós compañero…-
Abrazé a mi madre y miré por la ventana, miré las estrellas y pensé, -sé que estás ahí, sé que lo estás, viajando por el espacio, curado y sonriendo, lleno de vida- y lloré abrazado a mi madre sin poder concebir que nunca más sentiría el calor de mi padre, mi comprensión, en ese momento, no alcanzaba el hecho de que se había ido y nunca más volvería.

     Salí de la habitación, a petición de mi madre, y los deje sólos unos minutos, la terrible luz blanco-amarillenta del pasillo me devolvió a una realidad extraña, como si hubiera cruzado el umbral de dos mundos completamente antagónicos, me sentí en tierra de nadie, no quería estar en esa realidad de luz artificial y enfermos paseando lentamente ó la otra realidad dentro de la habitación, impregnada completamente de desgarro y tristeza. Entraron dos enfermeros y me senté en un banco de madera del pasillo del hospital, y agradecí que fuera de madera, no de plástico u otro material artificial, me cubrí la cabeza con las manos y los brazos y cabizbajo apreté los dientes y cerré muy fuerte los ojos, esperando que el tiempo se invirtiera u ocurriera un hecho antinatura que nos sacara a mis padres y a mí de allí corriendo, sonrientes y curados.
En ese instante se abrió la puerta de la habitación y los enfermeros sacaron la cama con ruedas, mi padre estaba completamente tapado, mi madre les siguió mientras se secaba las lágrimas con un pañuelito de tela, probablemente bordado por una de mis abuelas, miré, sentado, como se alejaban unos metros hasta que mi madre me miró y me indicó que esperase, enseguida volvería. 
Entré en la habitación, la luz tenue anaranjada era más agradable, quedaba el hueco vacio de la cama con algunos tubos sueltos colgando de las máquinas, uno de ellos dejo de balancearse justo cuando entré. 
Abrí la ventana, era febrero y hacia frio, me cubrí con mi abrigo y me enrosqué la bufanda al cuello y fumé un cigarrillo mirando el paisaje nocturno, el hospital está justo al lado de la playa, oia el mar y sus olas tranquilas, eran las dos de la madrugada y el tráfico del paseo no era intenso, algún avión tardío se dirigia con sus luces parpadeantes camino del aeropuerto, soñé despierto que era el piloto y recogía a mi padre que volaba por el cielo nocturno y volvíamos a la ciudad impacientes en darle la noticia a mi madre, sentí un ligero alívio a mi tristeza, hice una calada al cigarrillo y sonreí levemente recordando alguna anécdota divertida de la vida con mi padre. Apagué el cigarrillo en la pared exterior y cerré la ventana, el frio se apoderó de la habitación, recogí las pertenencias de mi padre y de mi madre y las ordené en el sofá.

     

     Esperé, mirando sin mirar, pensando sin pensar. El desgarro volvió a mi pecho, algo fuerte, nuevo y desesperado rasgaba mi corazón y apreté los puños gritando en silencio cuando entraron mis dos hermanas mayores desconsoladas, nos abrazamos sin mediar palabra los tres. Noté la unión, pero me sobrecogió un sentimiento de soledad, por unos instantes las dejé de ver como hermanas mayores, eran seres independientes, como si nos hubieren liberado de la larga enfermedad de mi padre y por fín iniciásemos la vida adulta sin las cadenas emocionales que nos unía la triste experiencia de la enfermedad, agonía y muerte. Yo tenía veinte años.

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